Ahora mismo mi corazón está por completo entregado a esa superheroína del maratón que es Julia Paternain. En ningún pronóstico figuraba como favorita en los Mundiales de Atletismo 2025 que comenzaron el sábado en Tokio. Esta era apenas su segunda experiencia en la distancia, pero durante los 42.195 kilómetros la representante de Uruguay fue ganando terreno frente a todas las rivales hasta que logró colocarse en los tres primeros lugares, fue tal su incredulidad que ni siquiera ella sabía que había terminado tercera, mucho menos que se llevaba el bronce.
La maratonista de 25 años nació en Guanajuato, sin embargo, decidió representar al país de sus padres por amor a ellos y a toda su familia que vive en la tierra del mate y de los ceibos. Su infancia y adolescencia transcurrieron en Gran Bretaña, donde comenzó a correr y a formarse como deportista. Después se mudó a Estados Unidos para estudiar mientras entrenaba y competía para las Universidades Estatal de Pensilvania y de Arkansas.
A veces el cuerpo es de una elocuencia resonante. Esta colosal y joven atleta me conmovió hasta las lágrimas cuando al cruzar la meta, su rostro confuso y su cuerpo visiblemente agotado y movido por los aplausos, no daba crédito al oficial que le anunciaba que había llegado en tercer lugar. Todavía incrédula y a la vez sorprendida, tratando de asimilar su logro, pasó de la felicidad, a las carcajadas que transformaron en un grito de orgullo: “Uruguay”, “Vamos Uruguay”.
“Sólo quería completar la carrera, porque a esa altura ya me dolía todo. Cuando se acercó un oficial y me dijo que había ganado la medalla de bronce, no lo podía creer” comentó. Paternain cruzó la meta en 2:27:23, después de la keniata Peres Chepchirchir, quien ha ganado los maratones mayores de Nueva York, Boston y Londres y que completó el recorrido en 2:24:43 y de la etíope, Tigst Assefa, que cronometró solo dos segundos más que la keniata.
En las últimas décadas, el maratón y el medio maratón han estado dominados por corredores africanos, principalmente de Kenia y Etiopía. Sin embargo, la presencia en los podios internacionales de los “no africanos” es señal de que inicia una tendencia al cambio. El triunfo de Paternain no solo forma parte de esta nueva etapa, representa también un avance para el atletismo femenil latinoamericano, aunque como ella, por circunstancias familiares o económicas tengan que salir de su país para formarse como atletas en el extranjero.
Y es que la ya sabida escasez de apoyos económicos y dificultades que enfrentan los atletas en México y en muchos países de América Latina, ha tenido que bregar por décadas y, aún con ese difícil panorama, muchos han logrado abrirse paso y hemos tenido historias de éxito, monarcas y campeonatos que dependen más del coraje, la disciplina y el esfuerzo individual, que de un política pública o un sistema deportivo nacional que realmente fomente la producción de campeones. Ojalá que el ejemplo de Julia no solo inspire a los atletas, sino que también sea un llamado de atención para que las federaciones y las instituciones de gobierno pongan más interés en sus deportistas.
POR ROSSANA AYALA
















