Para los estudiosos en el tema, hablar sobre el dopaje en el mundo del deporte, en este caso en el atletismo, implica una serie de factores personales y del entorno que influyen para que un deportista caiga en esta decisión, y que van desde aspectos morales, de ética, nivel educativo, necesidades económicas y de reconocimiento del propio involucrado, pasando por su entrenador, el representante y el equipo médico que lo acompaña.
La primera vez que escuché sobre un caso de dopaje fue durante los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, cuando el velocista canadiense Ben Johnson ganó la medalla de oro en la final de los 100 metros, estableciendo un nuevo récord mundial con un tiempo de 9.79 segundos.
Después de cruzar la meta, Johnson se consagró como uno de los mejores velocistas de la historia. Recuerdo cómo muchos nos quedamos atónitos frente al televisor al ver aquella marca estratosférica.
Sin embargo, la decepción del mundo, y la mía, fue tan grande como efímera la victoria de Johnson, ya que pocos días después se reveló que había dado positivo por estanozolol, un esteroide anabólico prohibido.
La descalificación del velocista norteamericano no sólo le costó su medalla de oro, sino también su reputación. Su carrera deportiva, además, se fue por la borda. En 1993, la Federación Internacional de Atletismo lo suspendió de por vida.
La caída de Ben fue un duro golpe para el atletismo y sacudió al mundo del deporte, evidenciando la creciente problemática del dopaje en la élite. El escándalo desató una ola de investigaciones que expusieron cómo muchos atletas, entrenadores y médicos se involucraron en prácticas ilegales para mejorar el rendimiento.
Hoy basta con escribir “dopaje en el deporte” en el buscador para darnos cuenta que, a pesar de la creación de organismos que luchan contra el consumo de sustancias ilegales y que hay cada vez más unidades de integridad encargadas no sólo de perseguir y castigar, sino de prevenir esta problemática, el dopaje en el deporte de élite es algo imposible de erradicar. Existe y está a la orden del día, desgraciadamente. Tal vez el objetivo es sólo minimizarlo.
Hace dos semanas, la Unidad de Integridad del Atletismo de la World Athletics anunció que la keniata Ruth Chepngetich, dueña del récord mundial de maratón, fue suspendida al encontrar un diurético en su orina. El diurético no está prohibido, sin embargo, se utiliza para ocultar la presencia de sustancias ilegales.
El caso de Chepngetich es delicado y complicado a la vez. Se trata de una de las cinco mejores maratonistas de la historia. De confirmarse la sanción por dopaje podría ser inhabilitada hasta dos años y la marca también sería anulada. Y es que no sólo la reputación de la keniata está en juego, lo está también la credibilidad en el sistema y las reglas de récords mundiales. Veremos qué sucede…
POR ROSSANA AYALA
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