Se dice que uno de los encantos de comenzar algo como un libro, una novela o una carrera es saber que en algún momento terminará. Vamos siempre hacia adelante; en dirección a la meta de lo que sea, avanzando, como todo lo que está vivo. Pequeños ensayos de un destino que nos ayudan a poner un poco de orden y estructura a nuestras vidas. Los buenos comienzos nos motivan, pero los finales bellos son tan necesarios en este insensato mundo que habitamos.
Y así lo hizo Eliud Kipchoge, para muchos el mejor maratonista de la historia, que cada vez está más cerca de decir adiós al maratón como élite, pero que ayer en el maratón de Nueva York se despidió de los majors (Londres, Chicago, Nueva York, Berlín, Tokio, Sidney y Boston). Un final bello para alguien como él, no importa ni el lugar 17, ni el tiempo que tardó en cruzar la meta. Fue más ovacionado por el público que los mismísimos Benson Kipruto y Alexander Mutiso y su final de infarto con una diferencia de 3 centésimas.
Kipchoge terminó como uno más de los casi cinco mil atletas que han completado el circuito y se ha colgado la medalla de las siete estrellas: Satisfecho de su logro y emocionado hasta las lágrimas. Aunque no es raro ver que un corredor se eche a llorar, las lágrimas del keniata conmovieron tanto, tal vez porque no eran las del campeón que ha logrado derrotar al adversario, eran como las todos los corredores que, después de muchos intentos, logró llegar hasta ahí, festejando una victoria más personal y privada que pública. “Sí, tengo muchas ganas de que llegue Nueva York para colgarme esa medalla. Diría que, en Nueva York, seré un maratonista completo”, dijo en una entrevista previa a la carrera.
Kipchoge cumplirá mañana 41 años. Es dos veces campeón olímpico (2016 y 2021), once veces ganador de majors y bajó de dos horas en maratón en el reto INEOS 1:59, que no contó como marca oficial del mundo. Batió el récord del mundo dos veces y lo dejó en 2:01:09 en 2022, hasta que Kelvin Kiptum lo rompió con su 2:00:35 en 2023.
No habla mucho ya de lo que hará deportivamente en un futuro –aunque él representó a ese futuro como embajador y representante de la última tecnología en tenis y equipamiento—y menciona que “seguirá buscando sus límites, su única motivación, en pruebas más extremas, quizás un maratón en la Antártida o 50 kilómetros por el desierto”. Talento puro, ascético, un atleta único que brilla con luz propia. Difícilmente dejará de correr mientras pueda, pues como dice parará “hasta que haya cuatro mil millones personas en el mundo que corran”.
Tal vez en esta ocasión, en Nueva York, Kipchoge terminó su maratón como uno más: Inevitablemente repasó en su cabeza la carrera. Pensó en cuáles fueron los errores que pudo haber cometido, por qué sufrió más de la cuenta en algunos tramos y, en general, cuánto tiempo de sus 2:14:36 podría haber mejorado variando algunos aspectos de su estrategia de carrera. Pero hay algo que solo él ha descubierto y experimentado en un maratón y es correr más allá de la frontera de dos horas, en una hora, 59 minutos y 40 segundos exactamente, oficialmente o no.
POR ROSSANA AYALA
















