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miércoles, junio 19, 2024

Correr y migrar

Los migrantes deben correr y punto. Para ellos no hay metas gloriosas ni descanso, sólo tienen la urgencia de sobrevivir. Aquí, en medio de la oscuridad, del desierto, del paisaje inhóspito, del miedo a ser descubiertos y atrapados, separados de su patria, su familia, de los hijos y del sueño de una vida mejor, la carrera se convierte para los migrantes ilegales en puro instinto primitivo, como el de los primeros homínidos que corrían para no morir.

La migración siempre ha sido una necesidad humana desde las épocas más antiguas. Cuando el hombre era nómada tenía que desplazarse de un lugar a otro para encontrar mejores condiciones de vida. Después comenzó a moverse más y velozmente por deber: tenía que poblar los continentes.

Hoy los migrantes corren para cambiar el curso de su existencia, porque no tienen otra opción, buscan en medio de esa carrera abrazar quién sabe qué futuro, qué sueño, afrontando dificultades a cada paso. Quedan al margen de toda gracia, y se enfrentan, a menudo, a la peor de las suertes.

En estas circunstancias, cuando correr no es una elección voluntaria, la carrera se tiñe de dolor y de angustia. Ver a hombres, mujeres y niños agolpándose frente a la frontera de México-Estados Unidos o a los africanos en cualquier ciudad de Europa corriendo apresurados con los bultos llenos de piratería ante la llegada de la policía, es como asistir a un espectáculo propio del fin del mundo, en donde no hay otro mensaje que el desastre de la especie humana.

El precio que se paga por buscar una vida mejor es demasiado alto. El sufrimiento es excesivo e inevitable. Es una carrera por la vida, incluso en el sentido biológico. Las vivencias de los migrantes están plagadas de imágenes crueles: abusos, riesgos a la integridad física, fatiga, falta de sueño, mala alimentación, calor sofocante, vientos gélidos, así como la necesidad de dejar en el camino todo lo que no sea imprescindible, aún si es algo muy preciado.

Para los inmigrantes, cada carrera se convierte, entonces, en una arma para hacer frente a la pobreza y al infortunio que dejan en sus países, y que los persigue como fantasmas a cada paso que dan. No hay manera de evitar a esos espectros, sólo les queda correr en contra de ellos, siempre más rápido, siempre más lejos, no sólo para huir, si no para recuperar la dignidad.

Después de días, semanas y meses de correr y caminar, el inmigrante se convierte en un ser frágil. Se puede leer la debilidad en su rostro, como en el de los ultramaratonistas después de correr más cien kilómetros durante el día y la noche. Correr o morir, o ambas cosas al mismo tiempo.

Cruzar una meta o cruzar una frontera con la ilusión de construir una nueva una vida, sin otra cosa que la fuerza de sus propias piernas capaces de resistir mientras les sea posible.

POR ROSSANA AYALA

AYALA.ROSS@GMAIL.COM

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