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viernes, junio 21, 2024

La Diosa Voladora

Para sus padres fue Enriqueta Basilio Sotelo, para los mexicanos fue la entrañable Queta Basilio, pero para el mundo fue la primera mujer deportista a la que se le encomendó una labor hasta entonces reservada para los hombres: encender el pebetero olímpico.

Y ella lo hizo con tal gracia y elegancia que asombró al mundo, al grado que la prensa nacional e internacional la llamaba elogiosamente: La diosa voladora, porque en las filmaciones y fotos del momento se le veía flotar sobre aquella escalinata hidráulica. La imagen de Enriqueta, camiseta y shorts blancos, cabello corto, piernas largas y silueta estilizada, subiendo los 93 peldaños instalados en el Estadio Olímpico, le dio la vuelta al planeta, como representación gráfica de cómo las mujeres buscaban avanzar y abrirse paso en un mundo dominado por hombres.

Era el final de los años 60, y la liberación femenina había irrumpido desde los países más desarrollados en forma de una píldora anticonceptiva que liberaba a las mujeres y las volvía dueñas de su cuerpo y su sexualidad. La minifalda era otro símbolo de rebeldía femenina y el feminismo tomaba forma de un movimiento internacional, dentro de ese contexto, y aunque el gobierno de México lo propuso como un tema en el que sólo intentaba hacer algo diferente, una jovencita de 20 años, de piel morena, que representaba el estereotipo mexicano, se convirtió en símbolo de la lucha de las mujeres por conquistar espacios y acabar con el cliché de la sumisión.

Yo no sólo encendí el pebetero, también encendí el corazón de las mujeres, solía decir Enriqueta Basilio cada que le preguntaban el significado que tuvo para ella ser la primera mujer en encender la llama olímpica. Ella siempre narraba tres anécdotas sobre su papel histórico aquella tarde del 12 de octubre del 68: 1.— Que se enteró por la prensa que había sido elegida para esa tarea. 2.— Que el uniforme oficial que le mandó el comité organizador no llegó a tiempo y tuvo que improvisar con una camiseta de una competencia anterior, sus shorts de entrenamiento, una diadema blanca y los tenis que usaba en la secundaria. 3.— Que cuando iba subiendo la escalinata se concentró tanto en no tropezar, en llevar el ritmo de sus zancadas y en sostener en alto la antorcha, que por un momento se aisló completamente y no escuchó los gritos y las ovaciones del público, hasta que la flama olímpica ardió en el pebetero.

Así, la joven cuya madre no la dejaba practicar deportes porque esas son cosas de hombres, terminó convertida en un ícono deportivo y de las mujeres en México, y en un entrañable personaje público, que aunque no haya tenido grandes triunfos posteriores al 68, y alguna vez, incluso incursionó en la política y en el movimiento olímpico nacional, ya es parte de la historia del olimpismo mundial.

Con su muerte a los 71 años, Queta Basilio se convirtió en leyenda. La Diosa Voladora ahora vuela más allá de los 93 escalones que tuvo que subir para encender el pebetero, y su figura morena, atlética y elegante refulge como el blanco de su traje, su diadema y sus tenis; y se la ve allá arriba encendiendo ahora la flama de su recuerdo.

POR ROSSANA AYALA

AYALA.ROSS@GMAIL.COM

@AYALAROSS1

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