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jueves, junio 20, 2024

Cuando volábamos caminando

Era el verano caluroso de 1984. El 3 de agosto, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, Ernesto Canto hacía vibrar a todo México y se convertía en el héroe de nuestra infancia. La imagen de aquel hombre delgado, de piel morena, que después de cruzar la meta y ganar medalla de oro en caminata de 20 kilómetros, se ponía un sombrero de charro en la cabeza, es uno de los recuerdos más emocionantes y vívidos de la niña de 13 años que aquel verano brincaba de emoción como muchos mexicanos, porque teníamos un campeón.

La noticia de la muerte de Ernesto Canto, el viernes pasado, hizo que muchos recordáramos y reviviéramos aquel recuerdo que está grabado en la memoria, y para la posteridad, cuando muchos de nosotros, entonces niños, escuchábamos sentados frente a un televisor Philco, Zonda, o los más afortunados un Triniton de la fayuca, la emocionante narración de un joven Fernando Schwartz que describía la entrada triunfal del marchista mexicano al Memorial Coliseum de Los Ángeles. Los asistentes se ponían de pie y aplaudían a su paso, mientras algunos ondeaban la bandera de México.

Canto llevaba el número 632 y en aquella tarde el marchista no sólo ganó el oro, también rompió la marca en los 20 kilómetros, al hacer una hora 18 minutos y 38 segundos, la cual nadie pudo superar en 10 años. La emoción fue aún mayor porque otro mexicano: Raúl González, terminó segundo. El uno-dos en el podio nos llenó de orgullo. Era la primera vez que muchos niños y adolescentes de la época escuchábamos el Himno Nacional en unos Juegos Olímpicos y era, para nuestra generación, el primer héroe olímpico nacional.

Después de esas medallas, muchos niños mexicanos queríamos aprender de caminata. Sabíamos ya que caminar rápido también era un deporte y, en las calles donde entonces jugábamos sin mayor preocupación ni miedo, hermanos y vecinos nos reuníamos por las tardes para hacer competencias de caminata, y mientras unos tratábamos de imitar los pasos de Ernesto Canto, otro narraba, otro más la hacía de juez y descalificaba al que corría o levantaba los pies del suelo más de lo permitido. “¡Despegaste los pies del suelo!”, te gritaban los otros niños al descalificarte.

Éramos una generación aún angustiada por la Guerra Fría, que incluso se sentía en aquellos Juegos Olímpicos con la ausencia de la Unión Soviética y de los países del bloque socialista, que declararon un boicot y cancelaron su participación en las competencias en territorio estadounidense, en respuesta al desprecio que el Tío Sam les había hecho cuatro años antes, cuando Estados Unidos no quiso ir a los Juegos de Moscú 1980. Éramos niños ajenos a la globalización, a las redes sociales, y nuestros héroes y modelos a seguir no eran cantantes, raperos o influencers, aún eran los deportistas y campeones como Canto.

Por eso la noticia de su muerte se sintió tan triste, no sólo porque era uno de los muy pocos mexicanos que han ganado el oro olímpico, apenas 13 en total, sino porque Ernesto Canto nos recuerda a una época, a un México que ya cambió, a unos niños que entonces soñaban con caminar más rápido, casi con volar como Ernesto, y que hoy ya somos chavorrucos y, en estos días de pandemia, ya nos llaman “población de riesgo”. Gracias Ernesto y que en paz descanses.

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