Hoy, en la era de la fibra de carbono, en que la tecnología ha llegado a los pies, la imagen de Abebe Bikila -el etiope que corrió descalzo y ganó el oro olímpico en Roma 1960- resulta casi poética. No necesitó más que sus pies para “volar”. Y, sin embargo, más de medio siglo después, el atletismo vuelve a hablar de vuelo, pero esta vez impulsado por la ciencia.
Y es que los tenis de hoy -con una espuma avanzada y placas de carbono capaces de devolver la energía en cada pisada- han convertido en normal lo que hace 15 años era excepcional y hace más de 50, simplemente impensable. La eficacia del calzado sigue avanzando y, quizá lo más revelador no solo es eso, sino que ese “vuelo” está al alcance de casi cualquiera.
Calzarse unos tenis de placa de carbono y salir a correr se siente distinto. Es como llevar unos resortes que te impulsan hacia adelante mientras avanzas sobre una alfombra. El ritmo cae varios segundos por kilómetro y, de pronto, te sientes cómodo y ligero. ¿El problema? Es que esa sensación engancha, se vuelve costumbre, por lo que ya no sorprende ver a corredores usar los “super tenis” todos los días, hasta para los trotes más suaves.
Como lo han señalado ya los estudiosos del tema, usar este tipo calzado altera la biomecánica del corredor y se asocia con ciertas lesiones. No es menor. El pie está formado por decenas de músculos pequeños, y por una estructura elástica clave, la fascia plantar. Juntos, absorben el impacto, se adaptan al terreno y nos impulsan hacia adelante.
Lo que ocurre es esto: la placa de carbono reduce la movilidad del dedo gordo del pie y la espuma absorbe el impacto. Pero ese impacto no desaparece, se redistribuye. Al descargar tobillos y pantorrillas, traslada -y en algunos casos multiplica- la carga hacia las rodillas, la cadera y la zona lumbar.
Como cada vez somos más los corredores que usamos la placa de carbono, la pregunta ahora ya no es si usarla o no, sino cuándo y, sobre todo, cómo no abusar de ella. La lógica es simple: no todos los kilómetros se corren igual. El 90 por ciento del entrenamiento se debería hacer con los tenis de diario, flexibles, que permitan al pie trabajar y adaptarse.
El resto, ese 10 por ciento de mayor intensidad -series, cambios de ritmo y velocidad-, es donde la placa sí aporta. El error es invertir el porcentaje, convertir la adaptación en costumbre. Lo ideal es usar la tecnología cuando toque correr rápido; el resto del tiempo, deja que tus pies y piernas hagan lo que les corresponde: fortalecerse.
Hoy cualquiera puede calzarse, comer o beber lo mismo, o casi lo mismo, que los atletas elite. Y está bien. La tecnología ya no es exclusiva; es parte de los tiempos modernos, pero el criterio no viene incluido: tenerlo puede hacer la diferencia entre una lesión o correr mejor. No olvidemos que, en esta era de límites en el rendimiento y barreras rotas, no corremos por récords, sino por mantenernos en movimiento la mayor parte de nuestras vidas.
POR ROSSANA AYALA
















